¿Qué hacer después de terminar el colegio? ¿Estudiaré? ¿Pero qué? ¿Los 13 años en la escuela no eran suficientes? Había muchas cosas que le gustaban. Quería actuar, pero su madre casi le lanza la botella de vino en plena cena de año nuevo cuando se lo dijo, quería ser periodista, pero su padre al escuchar que no estudiaría administración le dijo que era una mala agradecida por todo lo que habían hecho por ella y blah blah blah. Al final una idea se le vino a la cabeza, parecía un plan en contra de ellos, porque a decir verdades ella no se imaginaba ser militar pero algo tenia que hacer y si eso la tenía lejos de casa, mejor.
Acababa de terminar la secundaria con 15 años y resolvió ingresar a la Escuela Naval del Perú (si, esa que tan elegante suena, pero que de elegante no tiene naa..) ; la decisión como era de esperarse trajo problemas, pero solo al inicio. Sabia que sus padres, al estilo antiguo, ya le habían previsto un futuro como administradora de la tienda que tienen de años (de toda una vida), pero sus padres terminaron aceptando su decisión, aún cuando su elección sonaba descabellado, pensaban que era un capricho por solo darles la contra (al proyecto familiar del cual no fue consultada… administración??) pero la “apoyaron” con la finalidad de que sus conciencias no les perturbara diciéndole que fueron malos padres.
Primero debía demostrarles que no era un capricho; y para ello se inscribió en una academia pre militarizada en donde el trato fue tan fuerte que padeció, sufrió e incluso pensó en desistir varias veces y no seguir más, especialmente los sábados de “masacre” realmente la dejaban sin aliento, pero sabía que no iba a poder soportar a sus padres decirle: “para eso dices que sirves”… su orgullo fue más fuerte y para su propia sorpresa... continuó.
Ser militar no le gustaba... al comienzo, pero poco a poco esos 5 meses hicieron que se desviva por la vida militar. Las experiencias le enseñaron que ahora podía resistir mucho más, ahora sabía que podía llegar hacer cosas que no se imaginaba soportar, ahora QUERIA SER MILITAR. Cuando salió de la academia estaba lista para enfrentarse a su nuevo reto, ingresar a la PRE de la Escuela Naval, la PRE ESNA, con la meta de exonerarse en tres de los seis exámenes que se tomaban durante el proceso de admisión de la escuela y si podía… contactarse con un padrino, “una vara”, quien la asegurase durante el proceso.
Fueron seis meses de estudio con ahínco y esforzada rutina (me consta... nunca habia visto tal empeño en ella, estaba tan segura de si y de lo que queria pues su determinación no solo involucraban el sentarse y resolver problemas o cumplir tareas, sino también el salir a correr por su cuenta, aprender a nadar y realizar ejercicios de fuerza para los 50 segundos de suspensión que le pedían). Ella se olvidó de los amigos y de la diversión. Para ella sólo existían sus libros (ooh!!!) y la prepa, como ella lo decía.
En Enero, una semana antes de que empiece el proceso de admisión ordinario, se entregaba la lista con los exonerados en los exámenes de físico, de conocimientos, y de aptitud matemática. Ella lo logró; se exoneró en los tres exámenes y por ende ya tenía el 50% de los exámenes aprobados, en 50 % ya estaría dentro. Confesó que su meta era esa y lo hizo, pero no pudo conseguir la vara… y eso fue lo que limitó pertenecer al ranking de los aspirantes.
Aún le quedaban tres exámenes por rendir; el primero era el examen médico para el cual tenía que ir al hospital Naval ubicado en la Av. Venezuela, estar dentro con tantos postulantes que hablaban por celular con sus padrinos la abrumó. Ella no tenía ni siquiera un bendito celular, así que no podía hablar ni siquiera con su papi, no todos tenían padrinos y eso la hizo sentir como un bicho raro.
Dentro del hospital lo que vio ella no tenía nombre; tanta falta de vergüenza le dio asco. Los postulantes que no cumplían con los requisitos para ingresar pasaban sin más ni menos, pues sólo llamaban a su padrino y al instante delante de los demás cambiaban los resultados, personas con soplo al corazón, personas “casi ciegas”, personas totalmente enanas y con sobrepeso pasaban los exámenes con una simple llamada telefónica. Eso la hacía sentirse insegura.
Le dio coraje no poder gritarles en la cara a cada uno de ellos porque eso para ella no era jugar limpio. Sabía que el que no debía entrar ingresaría en lugar de otro que realmente sí se lo merecía.
Después de tres días dieron los resultados del examen, ella también volvió a pasar aun con su clavícula rota producto de una jugarreta de infancia; más de la mitad de postulantes “volaron”, la mayoría mujeres. Se dio cuenta que no iba a durar mucho su suerte.
El día para el examen psicológico escuchó decir a los “apadrinados” que en el fólder que contenía los exámenes de conocimientos debía estar una carta de recomendación y ella no la tenía. Entró al salón y respondió a una prueba muy inusual, los consejos de amigos que ya habían enfrentado a esa prueba la previnieron, sabía que lo había rendido bien, pero se percató que el psicólogo miraba su fólder frunciendo las cejas, el la trató muy amablemente pero su actitud cambiaba cuando miraba el fólder, como si quisiera encontrar un algo, cayó en la cuenta de que algo no iba bien y tal vez Dios la acompañaba hasta allí.
Después de cuatro días, una vez más estaba parada en el plantel de la Escuela, otra vez más tenía que esperar una hora parada con tacos para que traigan la lista y escuchar si pasó o no. Sí pasaba le faltaba tan solo un examen, el de entrevista, pero no llego a oír su nombre…No pasó.
Lloró con mucha cólera, coraje y dignidad; sabía que había dado lo mejor de si, pero eso parece no importarles a los marinos de hoy. Fue muy duro para ella ver como los ojos de sus padres se inclinaban con algo de pena y decepción. Era la hija mayor que no pudo con la elite y que su madre se acercaba cada noche a sobarle la cabeza para consolarla…
2 comentarios:
tuvo muy bueno el relato
esta muy bien la historia pero hay algo que no me gusto sobre los apadrinados eso esta mal es injusto pero bueno asi es en la marina.
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