El VIH/Sida lentamente se apodera del cuerpo, debilitándolo hasta destruir el sistema inmunológico, dejándolo a merced hasta que un simple resfriado puede convertirse en una mortal neumonía. Dicen que la indiferencia de los seres queridos es lo que más les duele, pues muchos de los pacientes de este mal no esperaron a que el virus del VIH “acabe” con ellos, sino que ellos mismos buscaron terminar el asunto con el suicidio. Pero los que quieren vivir necesitan medicamentos (antirretrovirales) para poder controlar el virus y evitar que avance. El costo de estos fármacos es muy elevado, llegando a 2 mil dólares mensuales, muy pocos pueden costearlos, por lo que el ministerio de salud entrega los medicamentos gratuitamente a los pacientes de VIH/Sida, como parte del plan TARGA, de diseño loable, pero cuya ejecución no es todo lo efectiva que debería ser.
Hay días en que los portadores de VIH/Sida hacen protestas para denunciar que en Essalud las farmacias están desabastecidas de estos fármacos. El tratamiento suele ser de tres a cuatro fármacos (didanosina, ritonavir y aciclovir) y cada uno es indispensable para el control del virus, pero ¿qué pasa si una de esas medicinas está agotada?, sencillamente el tratamiento no sirve, las restantes medicinas no hacen ningún efectivo y el virus avanza y se hace más resistente a los próximos antirretrovirales. Ese es el dramático problema del desabastecimiento.
“Yo tengo Sida”
Raúl Raygada tiene 42 años y los últimos 8 convive con el VIH. Lo que el virus le ha hecho se refleja en su extrema delgadez y aún así lucha por su vida. Desde hace dos meses no recibe los medicamentos porque en el hospital Rebagliati se agotaron y ahora presenta un cuadro de resistencia a la terapia, por lo que también espera un nuevo tratamiento, pues el que tenía ya no le hace efecto.
Raúl dice sentirse burlado y dice que no tiene más remedio que denunciar el desabastecimiento de los antirretrovirales saliendo a los medios a decir que en Esasalud se agotaron, pues “si no reclamas de esta manera, nadie te hace caso. El problema siempre tiene que convertirse en escándalo para que recién las autoridades traten de solucionarlo, pero a veces ni eso sirve”.
No todos se animan a decir en público que tienen Sida, por temor al rechazo, pero Fernando Dávila, de 34 años, sí fue capaz de hacerlo. Su cara muestra las huellas de la preocupación y con rabia cuenta que han sido más de siete las ocasiones en que se ha quedado sin recibir el tratamiento mensual, que ha tenido que pedir el apoyo de sus familiares para que le ayuden para comprar los fármacos y que ha pedido donaciones a algunas ONG para poder comprar las medicinas que le faltaban. “A veces no he podido comprar todos los medicamentos porque están carísimos, mi salud se debilita. Si esto continúa así, no tendrá sentido repartir más medicamentos, pues ya no servirán de nada”.
La cólera embarga a los pacientes cuando se les pregunta si tienen amigos que no están asegurados y que también están infectados. “Ellos están peor, tengo amigos jóvenes que no están asegurados y no tienen el dinero para comprar sus medicamentos, van al ministerio de salud y les dicen que no hay ¿Qué calidad de vida podemos tener así?”.
Al escuchar todos estos testimonios, me pongo a pensar si estas personas podrán algún día hablar en futuro... me gustaría que la palabra solución, no sea sinónimo de utopía, sino de una realidad, para ellos.
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